sábado, 18 de febrero de 2017

EXODO 2:11-24. Corazón hebreo

En el primer capítulo vimos que Moisés creció en la casa del Faraón, educado como un egipcio de la realeza.  Así lo explicó Esteban en su famoso discurso:
(Hechos 7:21-22) Pero siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió y le crió como a hijo suyo. Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras.


En la casa real, Moisés estableció los contactos y aprendió lo que iba a necesitar para cumplir la misión que Dios le iba a encomendar.

Esteban explica que al cumplir Moisés sus cuarenta años de edad, se le despertó el deseo de conocer sus raíces.
(Hechos 7:23) Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. 

El libro de Hebreos nos revela que Moisés no hizo una visita pasajera a los israelitas, sino que probablemente decidió vivir entre ellos por un tiempo.
(Hebreos 11:24-26) Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. 

CORAZÓN JUSTICIERO
En su visita a los israelitas, Moisés se dio cuenta de la opresión a la que estaban sometidos.
(Éxodo 2:11)  En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos.

Moisés tenía un profundo sentido de justicia, y le molestó en sumo grado el maltrato al que sometían a los hebreos; sobre todo, se indignó cuando vio a un egipcio golpear a un israelita sin misericordia. Impulsivamente, Moisés decidió tomar la justicia en sus propias manos.
(Éxodo 2:12)  Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.

Moisés miró a su alrededor porque sabía que lo que iba a hacer no era correcto. La acción de Moisés no era justicia, sino un acto de venganza. Sabemos que la “venganza a manos propias” no es justicia, ya que la retribución debe venir de las autoridades, y no de cualquier hombre. La Biblia es clara al enseñar que la venganza es de Dios, y no debe hacerse a manos propias (Rom. 12:19; Deu. 32:35; Heb. 10:30).

En su discurso, Esteban también menciona el “acto justiciero” de Moisés, y hace referencia a lo que estaba en la mente de Moisés…
(Hechos 7:24-25) Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así.

Aparentemente, Moisés ya tenía en su corazón la idea de ser el libertador de Israel; sin embargo, el pueblo no estaba preparado para reconocerlo como tal. Lejos de agradecerle que eliminara a un enemigo, le reclamaron…
(Éxodo 2:13-14)  Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto.

El único testigo de lo que Moisés había hecho fue el israelita a quien libró del abuso. Pero lejos de mostrar agradecimiento, el esclavo divulgó la noticia del asesinato. Y la noticia llegó al rey…
(Éxodo 2:15)  Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián.


En lugar de ser “libertador”, Moisés terminó siendo un fugitivo, prófugo de la ley.  Seguramente Dios le había puesto en su corazón el deseo de ser procurador de justicia y libertador de su pueblo, pero Moisés todavía tenía muchas cosas que aprender antes que Dios le encomendara tan grande tarea. Aunque huyó, Moisés no perdió su fe (Heb. 11:27).

OTRA VEZ JUSTICIERO
No hay duda que Moisés era un justiciero, ya que volvió a mostrar esta inclinación en el desierto.
(Éxodo 2:16-17) Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas.

En esta ocasión, su acto de justicia le abrió puertas…
(Éxodo 2:18-20) Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma.

Moisés no sólo fue invitado a comer, sino que eventualmente fue adoptado como parte de esta familia.  Allí formó su propia familia.
(Éxodo 2:21-22) Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena.

Tal vez Moisés llegó a pensar que él viviría tranquilamente en Madián por el resto de su vida, pues allí vivió los próximos cuarenta años de su vida. Pero como veremos en el resto del libro, Dios no se había olvidado de los propósitos que tenía para él. Su estadía en Madián era sólo una etapa de entrenamiento, pues allí aprendió a tener paciencia, humildad y a cuidar ovejas, virtudes que le serán muy útiles después—pero su misión más importante estaba aún por venir.  

SUBE EL CLAMOR
Mientras Moisés aprendía sus lecciones en el desierto, los israelitas también aprendían lo suyo en Egipto.

Entre los israelitas se levantó una ola de esperanza cuando supieron que el faraón que los esclavizó había muerto. Tenías la ilusión que las cosas cambiarían con el nuevo rey…pero no fue así. La opresión siguió, y allí fue cuando clamaron a Dios.
(Éxodo 2:23) Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. 

A veces Dios permite que lleguemos al punto de clamar por su ayuda antes de intervenir.  Lo hace para que estemos conscientes de Su mano, Su poder y Sus milagros—de lo contrario, lo atribuiríamos a “la suerte o el destino”, o aún creeríamos que “lo merecemos”.
(Éxodo 2:24)  Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel,  y los reconoció Dios.

¿Acaso Dios se había olvidado de los Hijos de Israel?
No fue que Dios se hubiera olvidado de Su Pueblo y de las promesas que le hizo a los patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob); más bien, quienes necesitaban un recordatorio eran los Hijos de Israel. Ellos necesitaban recordar el Pacto que Dios hizo con sus padres, porque esa era la única esperanza que les quedaba.

La naturaleza del ser humano es olvidarse de Dios cuando todo va bien. No es sino hasta que las cosas se ponen difíciles (o imposibles) cuando las personas vuelven su rostro a Dios.

La esclavitud de los israelitas no fue un “descuido” de Dios. Más bien, era parte del plan. Dios llevó a los Hijos de Israel a Egipto para formar de esa familia una gran nación (Gen. 46:2-3). Ellos pudieron haber regresado a la Tierra Prometida cuando acabó el hambre, pero se quedaron muy cómodos en la tierra de Egipto.

En el tiempo de Dios, el Señor permitió que el fuego de la esclavitud incomodara a los israelitas, para prepararlos para salir de Egipto. En Deuteronomio, se describe a Egipto como un horno de aflicción.
(Deu. 4:20) Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día.

En varias instancias, la Biblia usa la figura del horno para describir las pruebas de la vida (Mal. 3:2-3; Sal. 66:10; Prov. 17:3; 1 Cor. 3:1-15; 1 Ped. 4:12-19; 1 Ped. 1:6-7). Es una metáfora muy significativa, ya que el horno sirve para purificar lo que es valioso (oro y plata), quemando en el proceso las impurezas (paja y escoria); de la misma manera, Dios permite que pasemos por aflicciones para que  a través de esas pruebas aprendamos lo que es realmente de valor y salga en evidencia lo que es vano.

Jehová llevó a Su Pueblo a un punto en que ellos se dieron cuenta que necesitaban del Señor, y por eso clamaron a Él, y Dios respondió.


Estudios de otros capítulos de este libro: Éxodo

Clase virtual de este libro: Audio de Éxodo

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